Carta de bruja

Andrés H.
3 min readAug 27, 2023
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Siento a la bruja durmiendo suavemente sobre mi hombro.

Han pasado meses desde la última vez que aquellas sensaciones se aproximaron un poco al plano de la realidad. Pero evocarlas es fácil, es tan fácil como cerrar los ojos y encontrarse una lágrima en la mitad de un viaje en metro. De manera que duermo con la bruja todos los días, siempre y cuando no me atreva a abrir los ojos.

Es noche, es verano, el calor hace imposible dormir con las ventanas cerradas, los mosquitos hacen imposible dormir con las ventanas abiertas. Es imposible dormir. Pero debo intentarlo. De cualquier forma es el último recurso, en el sueño — o intento de sueño — más bien, en la oscuridad, la aparición de la bruja es más factible y propicia.

No es que no la vea durante el día. Cada parpadeo se torna en una ocasión para ser asaltado desde adentro. El tiempo, el breve tiempo, que es lo suficiente como para sentir la distancia, que es tan poco como para poder olvidar, se arremolina sobre mi con sus amaneceres de colores, días lluviosos, hongos que crecen lentamente bajo árboles podridos, largas sombras en la tarde, vistas admirables y oceanos impávidos, el tiempo que se me escapa en estos días sin ella, que fue tan poco a su lado y tan suficiente como para que mirar los relojes pierda hoy cualquier significado.

Marco mis días en calendarios abandonados, no es el año o el mes presente, son papeles de colores que junto sobre mi escritorio, que uso para separar las páginas de mi libros. Si, los días no son días, son solo separadores, son barreras que se me aparecen entre el pasado en el que pude susurrar cosas al odio de la bruja y el presente donde cuento los días de mi cadena perpetua de esta vida en la que la ausencia lo define todo. La ausencia de mi paz, robada para siempre entre noches de inagotables besos, entre tus labios secos e insaciables de la mañana estúpida que se atreve a interrumpirnos, de los compromisos fuera de nosotros, los horarios de buses y aviones y la agendas de otros dioses y tiranos.

Cuanto le extraño.

Ahora duermo de nuevo, o más que dormir, reposo en mi cama imitando los gestos de un dormido — o un muerto — respiró lentamente. Cierro los ojos y siento de nuevo a la bruja dormir sobre mi hombro. Sus cabellos huelen a lo mismo de siempre. Sus manos misteriosas se aventuran a recorrer algunas partes de mi pecho y mis manos antes tan rígidas, tan secas, tan nada, se amoldan a la forma de su pequeño cuerpo y mis brazos se hacen nido y hogar, madriguera y lecho. Que nos hubiera tomado un rayo, que hubiera explotado la Tierra, que me hubieran permitido decir que te amo una vez más, es todo lo que hubiera pedido al dios todopoderoso y misericordioso. Que se hubiera acabado todo en el instante en el que todo lo demás dejó de tener sentido. Que deshacer el nudo de mis manos fue más difícil, que observarte buscar tu ropa aun en la oscuridad, en ese silencioso ritual de despedida de póstumo abandono, es demoledor. Pero yo mantengo la postura, yo soy solemne, mantengo la calma porque te prometí la calma tras la tormenta.

Abro los ojos, muchos días después, en muchas camas después. He limpiado mis sábanas con meticulosa cautela, he cambiado la orientación de mi habitación y enjuagado mi corazón en cada pozo de alcohol que he encontrado. Pero tu recuerdo se aferra, pero que tonto es pensar que tu recuerdo esta en la cosas que me rodean, si lo llevo en la piel que tocaste, en el corazon que descolocaste con un beso y que ahora, como ficha de rompezabezas masticada por un niño, se niega a encajar en su lugar.

Abro los ojos, encuentro la nada. Hoy veré en el supermercado, alguien que se me parecerá a ti.

An.

2023

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