Horas de oficina

Son las horas de siempre. Las de empezar el día y la rutina, y aunque lleve horas dando vueltas en mi cama, luchando contra espectros invisibles y sueños inconclusos, es a las 8 am a la hora que debo levantarme sin faltas.

Esperan por mi una serie de pasos calculados y los cuales no escogí. Una serie de teclas en un teléfono, una autorización en forma de voz femenina pregrabada, una contraseña que debe cambiarse con regularidad con el ánimo de ahuyentar curiosos indeseados y managers. Los segundos son igual de indeseados.

Y luego de que las luces finalmente ceden y las pantallas se abran ante mí, me encontraré de nuevo con lo que debe ser uno de los inventos más atroces de la humanidad. La lista de cosas por hacer. Y su temible elemento final, agregar más elementos a la lista.

Me enfrento a una lista de listas. A calendarios decorados de colores y formas que buscan ocultar sus verdaderos y siniestros significados. Podría pensar mucho en eso, en los hombres detrás de los hombres, y los juegos que se juegan a mis espaldas con mi silenciosa complicidad comprada con los mensajes mensuales que me advierten que puedo permitirme un mes más de vida en esta tierra. O por lo menos un mes más de un techo sobre mi cabeza y un plato de comida de microondas.

Pero aquello no me ocupa en estos días. A esos pensamientos he decidido renunciar para dar paso a otros, y así me permito unas horas de ceguera al mundo. Y sin embargo ese hecho por sí solo egoísta se pinta de otros colores, cuando mis pensamientos vuelven a ella.

Son las 9 am. Es el horario de oficina. La hora en la que los oficinistas se dan la mano en el antiséptico entorno de una oficina. Yo envío mensajes, ya que el mundo moderno me confina a mi habitación. Y habitación y oficina y sala de juegos y lloradero se mezclan todos en espacio y tiempo. El espacio que ocupo, el tiempo que se me va.

Enviar mensajes, esperar respuestas y esperar que aquellas máquinas me regresen sonidos menos siniestros. Porque estos días lo hacen, y me encuentro sentado en la espera que es el tiempo entre esas respuestas. Y me permito entonces sonreír sabiendo que ha amanecido bien, que anoche tuvo menos pesadillas que antes y me atrevo a imaginar que fueron sueöos y me atrevo — de la formas más descarada y silente que puedo — a imaginar que hay un lugar para mi en ellos.

Hemos de permitirnos una vez más el silencio y en el silencio formular las siguiente interrogaciones. En ocasiones nos arrastraran esas cosas que nos unen y que nada tienen que ver con nosotros, esas consultas laborales que danzan sobre nuestras cabezas, esas preguntas de gerentes y jefes que demandan algún tipo de respuestas. Conjuramos las respuestas deseadas, no las correctas o precisas, el sistema se satisface respondiendo con lo que quiere oír… la verdad, la verdad es algo que no puede tolerar, le hace doler las entrañas al monstruo y a mi me hace cerrar los puös, gritar para mis adentros, me hace querer matar al monstruo y ofrecer su cabeza en sacrificio, y decir, vine para matar a la bestia no para limpiar sus pies.

Pero es el medio día y el café del pocillo se agota. Mi sistema demanda más de ese café, demanda más de ella también. Afortunadamente es mediodía y las horas de almuerzo pueden ser llenadas una vez más con pausadas interrogaciones, esas que ya no pertenecen a nadie más que a nosotros. Esas que uso para dia a dia ir construyendo la enciclopedia de ella. Y la lista que empieza por cosas como colores favoritos, música, artistas y películas que te quitan el sueño, va a creciendo con el tiempo, y tengo que agregar una entrada en la enciclopedia para guardar sus miedos, y la primera vez que amo, las veces que se quedó esperando bajo la lluvia. Tengo que construir un mausoleo para sus muertos y rendir el homenaje de la memoria. Hay espacio entre líneas para guardar mis propias notas. Y registrar meticulosamente el cambio en tu mirada al pronunciar ciertas letras, los gestos de tus cejas negras bajo la luz inerte de una oficina, pero que parece cobrar vida propia el reflejarse en tus pupilas.

Pero el tiempo es breve y las horas de oficina crueles, hemos de volver a los deberes que día a día debo admitir van perdiendo significado. Colecciono reuniones en calendarios y mensajes sin abrir que a nadie importan así como dos o tres insípidas felicitaciones. Responder preguntas inconsecuentes, hago preguntas sin sentido que suscitan curiosidad en un público aburrido. Mi pasatiempo favorito se vuelve mirar el reloj y con eso contar los instances para saber de nuevo de ella. Y ahí estás volviendo a mi con un nuevo racimo de preguntas, y solo la mitad de ellas tienen que ver con las horas de oficina.

Y entonces te cuento, y entonces escuchas y entonces nos robamos el tiempo. Traicionamos relojes y patrones y calendarios de colores y poco a poco se va acercando el final del día y con él, aquel momento en que he de saber que será de mí luego de las horas de oficina. ¿Habré conseguido sacarte de entre los escombros del trabajo? como un arqueólogo que poco a poco desempolva el pasado buscando encontrar un tesoro. Y yo en mi labor inagotable de esculpirte fuera de las ruinas que apagan tu brillo, dejó que el reloj marque las 17:00 y espero. Pasa la hora, la oficina se cierra. Las máquinas detienen su marcha, las pantallas agotan su brillo. Y en la espera, mi ultima pregunta aguarda por una respuesta, respuesta para las horas luego de las horas de oficina.

Te veré entonces a la noche, lejos del alcance de calendarios y relojes.

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Un blog de historias cortas.

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