La ciudad que dejamos

Andrés H.
3 min readFeb 16, 2023

Recuerdo con una claridad sobrenatural el primer día que la bese. Lo recuerdo porque fue también la primera vez que la vi llorar. El dia que comencé mi inagotable marcha hacia ella.

Antes de que el lector pueda dibujar conexiones y conclusiones ante los dos eventos, debo aclarar que la ví llorar primero. Sentada en mi silla, con las manos cubriendo su pequeño rostro y sin poder dar una explicación clara al motivo de sus lágrimas. Cuanta fragilidad inexplicable, cuanto dolor que sigo sientiendo al recordar, deseos de detener el tiempo, preguntas que comencé a hacerme, y que pare ser sinceros no creo que haya dejado de preguntarme.

Llora no más, le dije que a veces solo se quiere llorar y punto.,y cualquier intento de sofocar lo que te ahoga te va a intentar matar luego.

Yo la abracé. Es más fácil llorar cuando se tiene la certeza de que no nos vamos a caer a pedazos. Y que en el caso de que asi sea, es mejor hacerse pedazos en un tacto familiar.

Luego fue irremediable besarla. Mi corazon abierto ante sus lagrimas, expuesto allí en la mas absoluta debilidad. Impotente, debil, inutil, que aquí no ayudan los años, la experiencia ni las historias del pasado, que aquí me confronto a ella y mi propio corazón que empezo a dejarse llevar, a sentir en cada latido como no se ha sentido antes, mientras el sistema nervioso no deja de preguntarse porque. Pero las preguntas se diluyen, debilitadas ante la visión de sus ojos perfectos y el rocío de sus lagrimas regresandome el brillo de una débil lámpara azul.

Y sus manos que lentamente buscaron las mias y bajo la tenue luz de un otoño que se niega a morir, aun pensando en la caída de las ultimas hojas encontré su tacto, vestigios de lagrimas secas, un suave toque que parece comunicarlo todo. Creo que allí llegamos por primera vez a la ciudad, aun cuando llevaramos ya viviendo años aquí. Y convenzamos a ver con ojos diferentes las cosas de siempre. Así entramos a una nueva ciudad.

El tiempo se ha movido desde esos dias, y hoy no puedo hablar de la ciudad a la que entramos juntos. Hoy, solo me queda la ciudad que dejamos. Y la ciudad que dejamos esta llena de fantasmas.

Caminar por esta ciudad en solitario, es hacerle compañia a los fantasmas. Cada sitio al que tengo que acudir es un uno de esos espectros. Es un sitio que visite con ella, o es un sitio que me quedo por visitar. Donde no hay memorias, hay esperanzas, y esos fantasmas duelen por igual. Me regreso sobre mis pasos, sobre la memoria cada vez que inebitalemente debo enfrentar la ciudad que dejamos.

La ciudad que dejamos tiene otros colores. Tiene un invierno que parece no acabar. Tiene esa nostalgia del pasado que puedo distinguir en cada paso que doy, esta ciudad me pesa más que antes. En esta ciudad tu estas lejos, en la ciudad que dejamos las distancias son un poco más incomprensibles.

Camino lentamente, como lo hacía cuando la ciudad era de nosotros. Tan solo que ahora no lo hago para seguir sus breves pasos. Ahora camino lento esperando que el tiempo me pase, que los fantasmas dejen de seguirme y se decidan a andar por delante, que mientras me vengan siguiendo, será difícil hacer algo de vida en la ciudad que dejamos.

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