Ser un blanco fácil

Andrés H.
4 min readFeb 24, 2023

Siempre supe que darme muerte seria una tarea sencilla. Debo admitir que tampoco esperaba que me tomara por sorpresa, y aunque me cueste admitirlo, con algo de tristeza en los ojos. Aún con todo eso, debo decir que son los inconvenientes de ser un blanco fácil.

Hay mil distintos lugares donde podría esperarme el asesino: afuera de la puerta de mi dormitorio, que cruzo sin falta todos los días antes de las 7 de la mañana, tras la cortina de baño — el cliché de película de horror — Quizás sí el asesino es suficientemente pequeño, podría esconderse entre uno de los gabinetes de la cocina, en donde donde me tomaría por sorpresa, mientras intento sacudirme los últimos sueños de la noche anterior con una taza de café.

Podría poner una trampa en las escaleras que de mi apartamento conducen a la primera planta. Las he recorrido tantas veces que creo que siempre piso en los mismos lugares y sí mi vida se extendiera unos cuantos miles años más, de seguro se notarían las marcas de antiguas pisadas en las baldosas. Eso no ocurrirá y mi vida terminará antes de dejar marcas eternas en personas o suelos de mármol.

Este hipotético asesino podría esperarme entonces en la parada del autobús, aunque aquel lugar no es recomendado ya que podría encontrarse con testigos y curiosos. Los testigos de siempre, los que de alguna forma me siguen, atrapados en sus propias formas de ser blancos fáciles. Una vez repites una acción simple el número suficiente de veces, empiezas a ver los mismos rostros, y les reconoces más fácilmente entre la multitud. Pierde el autobús un día y te preguntas si tus compañeros de viaje extrañaran tu ausencia en aquel autobus azul, si se preguntaran por tu bienestar o fortuna. Probablemente no. Tu tampoco lo harías por ellos ¿Verdad?

En el bus soy blanco fácil también. Me gusta sentarme en el lado de las ventanas, donde pueda ver las calles; cubiertas de nieve en invierno, de vida en verano y siempre con algún afanado ciudadano. Con mi cabeza reposada sobre la ventana, soy un objetivo sencillo para un francotirador suficientemente hábil, o un asesino que dispare a quemarropa en una parada de semáforo, o un compañero de viaje que aproveche mi distracción para halar el gatillo debajo del abrigo.

Cuando bajo del bus en mi destino, son diez minutos pasadas las ocho. Así que tampoco habría problema de esperarme allí, con el sigilo de un cuchillo y el grito de una multitud. Nuevamente quizás sea una opción poco apropiada, muchas gentes observando, muchas gentes moviéndose y entre las multitudes afanadas siempre hay algunos ojos que se mueven más lento que los demás, unos pies que caminan más despacio, una mente atenta a los detalles sutiles que delatan un asesino. No, no, mejor escoger otro lugar.

Sin embargo no dejo de pensar qué de camino al trabajo también soy un blanco fácil. Quizás si a mi asesino no le importa la sutileza, podría interceptarme en el siguiente esquina, o la siguiente o la siguiente, o alguna de las cinco que hay entre la parada de bus y mi lugar de trabajo. Me intersectaria, se dirigiría a mi con un cálido saludo y “gracias por tu paciente espera” antes de acabar con mi vida. Y yo, sin poder preguntar como es que no me encontró antes, recibiría mi muerte.

En el edificio en que trabajo es quizás menos probable encontrar a mi futuro homicida, algo me dice que él le teme tanto como yo a los arreglos en cubículos, a las largas salas de juntas, con sus cómodas sillas y amplios ventanales — Una vez más suelo preferir sentarme cerca de las ventanas y una vez más se me ocurre que allí soy un blanco fácil — por otro lado, el hipotético asesino que se encuentre determinado y, seguro de no perderse entre laberintos de cubículos y la inagotable papelería de oficina, y que oprima los botones apropiados en el elevador y me encuentre en el escritorio que desde hace años ocupo sin falta cada día; podrá darme muerte sin encontrar testigos que luego le delaten, todos aquí están ocupados en los números del siguiente reporte, las fechas de la siguiente junta y los nombres en la lista de ascensos. Ni siquiera yo notaria mi muerte.

El almuerzo en la cafetería de la empresa. Podría entonces ocultar veneno en alguna de porciones que pongo en mi plato. Si es lunes, en el puré de papas. Si es viernes en la salsa boloñesa o en el queso. Para una muerte segura cualquier otro día de la semana, en la manzana o el pequeño vaso de agua.

Deje de fumar hace menos de cinco meses. No se si eso sea suficiente para evitar que sea el cigarrillo lo que me mate. Fue durante tantos años una parte de mi vida que quizás, mientras espero asesinos en esquinas, paradas y ventanas, el homicida ya se gesta en mis pulmones.

Hace cinco meses también me pude haber visto expuesto en el pequeño balcón del edificio donde se nos permite fumar. Aunque quizás allí, con el rostro difuminado por el apestoso humo, sea mas difícil asestar un disparo certero.

Nunca me quedo a trabajar sobre horas. Así que mi momento de abandonar el edificio también es fácil de marcar en una agenda. El camino de regreso suele ser el mismo, los puntos débiles también los mismos. Es posible que bajo el amparo de la noche que cae, el asesino se sienta mas tentado a atacar, menos visibilidad para un francotirador, pero quizás mas intimidad para un homicida que aprecie el uso de un cuchillo.

Encontré a mi asesino en el último sitio donde esperaba encontrarle. Tras girar la perilla de la puerta de mi apartamento, pensé equivocadamente que si alguien deseaba con tanta fuerza darme muerte, lo haría en las miles de oportunidades que ofrezco día tras día, pero me esperaba allí, sentado en el sofá, sosteniendo el ensangrentada arma homicida en sus manos. Mientras mi cuerpo yace inerte en el suelo, sin más oportunidades de preguntarse como pudo llegar alguien a odiar tanto a un blanco tan fácil.

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